La Internet viva podría extinguirse en menos de un lustro

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A comienzos de 2024, los feeds de varias redes sociales se llenaron de imágenes inquietantes: crustáceos con rostro de Jesús, hiperrealistas y creados por inteligencia artificial. El fenómeno, apodado Shrimp Jesus (Jesús gamba), parecía una broma sin importancia, pero para investigadores en aprendizaje automático y analistas de la cultura digital resultó una señal alarmante.

“Algunas de estas imágenes acumularon más de 20.000 ‘me gusta’ y comentarios. ¿Qué está pasando aquí?”, escribieron Jake Renzella y Vlada Rozova en The Conversation. Su respuesta apunta a la llamada “teoría de la Internet muerta”: el contenido generado por IA y bots ha superado al producido por humanos.

La sospecha circula desde 2021, cuando se empezó a intuir que buena parte del tráfico y las conversaciones en línea eran obra de sistemas autónomos. Primero se culpó al ranking algorítmico, que ya de por sí es automatizado. Pero la irrupción de los grandes modelos de lenguaje, capaces de redactar artículos, reseñas o comentarios en segundos, aceleró la tendencia. Si las interacciones pueden fabricarse y esas interacciones generan dinero, el incentivo para automatizarlas es evidente.

Los datos confirman la deriva. El informe Bad Bot 2024 de la firma Imperva estimó que casi la mitad del tráfico de internet ya es automatizado: del 42,3% en 2021 pasó al 49,6% en 2023 y en 2025 alcanzó el 51%. A este ritmo, los bots serán mayoría absoluta antes de que acabe la década.

Mientras tanto, la web humana se erosiona. Según el Pew Research Center, el 38% de las páginas creadas en 2013 ya no existe, un fenómeno conocido como link rot. Lo viejo desaparece y lo nuevo que lo reemplaza está, cada vez más, fabricado por máquinas.

La economía de la atención completa el círculo: si la atención se traduce en ingresos, automatizar su extracción equivale a imprimir dinero. Para Renzella y Rozova, Shrimp Jesus es un ejemplo de granja de interacción: lo relevante no es el contenido, sino el clic, la repetición y la ilusión de vitalidad.

La periodista Taylor Lorenz, especialista en cultura de internet, sostiene que el declive comenzó incluso antes de ChatGPT. “Internet ya estaba enferma antes de su llegada”, afirma en un vídeo del divulgador Kyle Hill, señalando a los sistemas de ranking algorítmico como responsables de un torrente interminable de piezas sin valor, diseñadas solo para la optimización.

El problema trasciende lo banal. Una revisión de la empresa NewGuard detectó en 2025 más de mil sitios de noticias operados casi íntegramente por bots, 167 de ellos simulando ser medios locales rusos con desinformación sobre la guerra de Ucrania. La degradación no afecta solo a lo que vemos, sino también a lo que podemos verificar: con páginas antiguas borradas y memorias digitales incompletas, reconstruir un contexto se vuelve cada vez más difícil.

La proliferación de cuentas gestionadas por modelos de lenguaje también se percibe en redes sociales. El propio Sam Altman, CEO de OpenAI, reconoció recientemente que ahora abundan en Twitter, ironía incluida: la empresa que popularizó la tecnología es también parte del problema.

Eso no significa que el uso personal vaya a desaparecer. Mensajes entre amigos y publicaciones privadas seguirán existiendo, pero se mezclarán con ruido masivo. Distinguir lo real requerirá más habilidades críticas, higiene digital y menos ingenuidad.

Las respuestas posibles pasan por tres frentes: social, técnico y regulatorio. Las plataformas podrían sancionar la automatización masiva, aunque choca con su interés económico. Marcas de agua y sellos de autenticidad prometen soluciones, pero son vulnerables. Proyectos de archivo y preservación digital necesitan más apoyo para evitar una hemeroteca llena de páginas arrancadas. Los usuarios, por su parte, pueden contribuir con hábitos más responsables: no compartir sin leer, desconfiar de cuentas frenéticas y usar búsquedas inversas de imágenes cuando algo parece demasiado perfecto.

La cultura tampoco queda al margen. Si el algoritmo premia lo adictivo, la creatividad se adapta a la máquina: títulos optimizados para la recomendación, textos con apariencia industrial, piezas hechas con molde. Muchos creadores sienten ya que escriben para robots más que para lectores.

Los números son claros: los bots crecen, las páginas humanas desaparecen y las granjas de contenido refinan sus trucos. Sin embargo, aún queda espacio para defender lo vivo. La fuerza de Internet siempre estuvo en la libertad de publicar y compartir. Recuperar esa esencia pasa por dos tareas: preservar la memoria digital y crear espacios donde la voz humana vuelva a importar. Aunque suponga remar contracorriente, sigue mereciendo la pena.

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