La inteligencia artificial (IA) ya no se limita a la industria, la educación o el arte: también está penetrando en la esfera más íntima de las personas. Los chatbots, diseñados para simular conversaciones humanas, no solo reproducen diálogos, sino también vínculos emocionales y románticos.
Un estudio publicado en Journal of Social and Personal Relationships revela hasta qué punto estas tecnologías se están integrando en la vida afectiva y sexual. La investigación muestra que un número significativo de adultos en Estados Unidos —en especial hombres jóvenes— utiliza chatbots que imitan parejas sentimentales, consume pornografía generada por IA o sigue cuentas en redes sociales con modelos virtuales creados por algoritmos. El dato más inquietante: cuanto mayor era el uso de estas herramientas, más elevados eran los niveles de depresión y menor la satisfacción vital.
Aunque el debate público sobre la IA suele girar en torno al empleo, el consumo o la política, este trabajo plantea una cuestión distinta: ¿cómo afecta a los vínculos personales? El auge mediático de los llamados “compañeros virtuales” ha generado dudas sobre la dependencia emocional y sobre si estas experiencias están reemplazando, al menos en parte, a las relaciones humanas.
El equipo, liderado por Brian Willoughby de la Universidad Brigham Young, encuestó a 2.969 adultos estadounidenses, con una muestra reforzada de jóvenes de 18 a 29 años. Se indagó si habían seguido cuentas de IA en redes, interactuado con chatbots románticos o consumido pornografía sintética. A los que respondieron afirmativamente se les preguntó sobre frecuencia, motivaciones y si consideraban que estas interacciones podían sustituir a una relación real.
Los resultados son llamativos: más de la mitad había visto perfiles con imágenes generadas por IA, un 13 % los buscaba de manera activa y un 15 % los seguía de forma habitual. Un 19 % había usado chatbots para simular pareja, cifra que subía al 25 % entre los jóvenes. Un 7 % confesó haberse masturbado durante esas interacciones y un 13 % había consumido pornografía de IA.
Willoughby reconoció su sorpresa: esperaba encontrar solo un pequeño grupo de curiosos, pero descubrió que una minoría significativa de jóvenes ya usa estas herramientas con regularidad. Los hombres mostraban mayor tendencia que las mujeres a consumir pornografía de IA, y los jóvenes duplicaban a los adultos mayores en la probabilidad de interactuar con estas tecnologías. Algunos incluso afirmaron que preferían hablar con la IA que con personas reales: un 40 % aseguró que era más fácil de escuchar y un 31 % dijo sentirse más comprendido por el chatbot que por su entorno.
El tiempo invertido tampoco era marginal: los usuarios de chatbots románticos dedicaban alrededor de 50 minutos semanales a estas conversaciones, mientras que quienes seguían cuentas con imágenes de IA pasaban unos 30 minutos a la semana. Aunque no siempre con fines sexuales, un tercio de quienes interactuaban con chatbots reportó excitación, y un 16 % mantenía charlas sexuales al menos una vez por semana.
El aspecto central del estudio fue el vínculo con la salud mental. Aplicando escalas validadas de depresión, satisfacción vital y de pareja, los investigadores encontraron que el uso de IA en este contexto se asociaba con más síntomas depresivos y menor bienestar. Aunque el efecto era moderado, resultó estadísticamente significativo. De forma inesperada, también detectaron que quienes tenían pareja estable recurrían más a estas tecnologías que los solteros, cuestionando la idea de que solo atraen a personas aisladas.
La conclusión, según Willoughby, es doble: la IA con fines románticos y sexuales ya es habitual, sobre todo entre jóvenes, y lejos de aliviar la soledad parece relacionarse con mayor malestar emocional. Sin embargo, al tratarse de un estudio transversal, no es posible saber si la IA provoca esos efectos o si las personas con peor salud mental tienden a usarla más.
Entre las limitaciones, los autores señalan que los datos provienen de autoinformes y que no se analizaron plataformas específicas, lo que dificulta diferenciar experiencias. Aun así, el trabajo abre nuevas líneas de investigación: cómo influye la personalidad en el uso de estas herramientas, si favorecen o dificultan el desarrollo emocional y de qué manera moldean las expectativas sobre la intimidad real.
Willoughby adelantó que ya se ha completado un nuevo estudio nacional más detallado. Lo que sí parece evidente es que la inteligencia artificial, lejos de ser solo una herramienta de productividad u ocio, está transformando profundamente la forma en que entendemos las relaciones íntimas.









